Guillermo Marin Vargas*
En los regímenes democráticos modernos existen diferentes actores responsables de la fiscalización de las acciones de gobierno Los perdedores de la competencia democrática, transformados en oposición, tienen el deber de observar y fiscalizar las líneas de acción de la élite que asume la conducción del Estado. Sin embargo tras el avance de los medios de comunicación y la emergencia de nuevos actores ciudadanos, esta función se diversifica y es asumida por nuevos actores externos al sistema de partidos.
En el caso chileno; tras la derrota de la concertación de partidos por la democracia –élite que se mantuvo 20 años en el poder- una nueva coalición de partidos asume la conducción del gobierno. Esta nueva élite comienza su gestión con una catástrofe natural de gran envergadura. El terremoto y maremoto, modifica las prioridades planificadas en el programa gubernamental. Las políticas públicas deben dar un giro hacia la reconstrucción y reactivación económica de las zonas afectadas. Estas nuevas líneas de acción cuentan con un amplio apoyo político-social por la urgente necesidad de solucionar problemas como vivienda, educación y suministro alimentario.
Sin embargo la puesta en marcha de la maquinaria estatal con esta nueva conducción gubernamental no ha estado exenta de polémicas y discusiones ético-políticas. Los conflictos de interés entre los personeros de gobierno han marcado la agenda pública en los medios de comunicación masiva. El alza temporal de impuestos como forma de financiar la reconstrucción del país provocó conflictos al interior de la coalición por el cambio.
Este escenario de profundo cambios al interior de sistema político ha generado gran incertidumbre al interior de la élite.
Por un lado los dirigentes de la Coalición por el Cambio han mostrado incapacidad de abordar los problemas de este nuevo Chile. Hace un año atrás el gobierno contaba con una tasa de aprobación nunca antes vista para la derecha chilena. Un presidente que había logrado sacar a los 33 mineros, que recorría Europa mostrando su hazaña, Ministros precandidatos con altas tasas de aprobación, una sensación de que el gobierno era de derecha, pero no era tan malo. Una oposición sin coordinación interna, con una dispersa conducción política, aún con el trauma de la pérdida electoral. En fin, un excelente escenario para tener éxito en todas las reformas que pretendían implementar.
Por otro lado, la oposición política. La Concertación después de la pérdida del gobierno se mantiene con un gran trauma. Aún no logra comprender las razones de la derrota y no logra hallar cuál es su rol como coalición opositora. El trauma no le ha permitido tener un rol de fiscalización política coordinada ante la serie de iniciativas del gobierno. Además, enfrente, ha tenido un adversario que apenas se instaló en el aparato público tomó el control de los medios de comunicación, conduciendo la agenda política, mientras que la Concertación y el resto de la oposición se han dedicado a reaccionar frente a esa agenda.
La sorpresiva alza de las tarifas en la locomoción colectiva provocó tibias reacciones por parte de las federaciones de estudiantes y los movimientos estudiantiles de base, en un principio. Este año nuestro país ha estado marcado por el movimiento estudiantil más grande desde la vuelta a la democracia. Las nuevas generaciones han puesto en tela de juicio la educación, la política y sus instituciones.
Una serie de nuevas demandas vinculadas a la ampliación de la democracia, a mayor igualdad, a reformar el sistema político-institucional; han marcado la agenda pública. Los dirigentes estudiantiles se han transformado en personajes públicos reconocidos por la ciudadanía y los medios de comunicación.
Sin embargo esta ebullición social estudiantil estuvo precedida por grandes movilizaciones, donde las demandas ciudadanas se vinculaban a temas medioambientales que estaban cruzados por la agenda política del gobierno.
Al parecer nuestro país está viviendo un profundo proceso de cambio cultural. La imagen del chileno sumiso, sin opinión, del joven “no estoy ni ahí”, del dueño de casa retraído y abrumado por las cuentas, poco a poco comienza a cambiar. En las calles, avenidas, pasajes, condominios y edificios de nuestro país, se ha manifestado ese chileno aburrido, “chato”, “hasta la coronilla”. Sintió por primera vez el derecho de reclamar, de no estar de acuerdo, de meter bulla sin vergüenza al qué dirán, más bien con el orgullo de empoderarse con un cucharon y una olla del espacio público. Este cambio cultura se enfrenta a un sistema institucional que ya no es capaz de contener ni expresar a la sociedad chilena.
Los signos del fin de una etapa de la política en Chile son cada vez más evidentes. Nuestra democracia está a punto de estallar. El inicio de un nuevo ciclo debiese estar cargado de reformas que apunten a perfeccionar aquellos espacios autoritarios que aún persisten con gran fuerza en nuestro sistema político-institucional.
Sin embargo, existe una gran disyuntiva en este proceso. Por un lado, existe un gobierno que por su posición ideológica probablemente no sea capaz de generar cambios en materia de reformas políticas, de participación y transparencia. Por otro lado, la oposición política compuesta por la Concertación y los demás partidos políticos constituidos, no logra coordinar una propuesta que tienda a mejorar el sistema político-institucional. Mucho menos ha logrado generar una fiscalización seria.
Empero la fiscalización y las ideas de cambios al sistema político deben surgir -por el bien de nuestra democracia- desde algún actor al interior del sistema de partidos o desde fuera de este.
En este contexto diversas organizaciones ciudadanas, han logrado generar ciertas redes asociativas que han producido propuestas de cambios y acciones directas con el objetivo de mejorar la convivencia democrática. Desde organizaciones que han trabajado temas vinculados a la conquista de nuevos derechos para las minorías, étnicas, sexuales, inmigrantes, entre otras; a organizaciones que se han especializado en temas como participación ciudadana, transparencia y fiscalización a la élite política.
Así, tal como se mencionó en un principio, Chile está replicando una tendencia mundial, donde las organizaciones de la sociedad civil están siendo actores relevantes en el escenario socio-político.
*Egresado de Ciencia Política, Universidad Alberto Hurtado. Coordinador de Contenidos Politika.cl





